Había una vez un pequeño pueblo, tan pequeño que incluso la palabra, pueblo, era demasiado basta para definirlo. Digamos que se trataba más bien de una reunión de casas alrededor de una antigua y bella basílica. Pero quizá, lo más interesante de este extraordinario lugar, es que parecía haber surgido de las aguas como por arte de magia. Cuenta una vieja leyenda que este brote de tierra estuvo custodiado alguna vez por un dragón terrible y por peligrosas serpientes hasta que un buen día apareció un hombre sencillo que expulsó a todas aquellas bestias con el poder de su oración. El hombre se llamaba Giulio. Construyó una iglesia y el pueblo vino después. Esta es una versión verosímil. Pero existe otra. La bruma del tiempo aún no ha podido borrarla del todo.

Había una vez un campanario que empezó a emerger de las aguas de un lago. Los habitantes de la orilla al principio pensaron que podría tratarse de un animal acuático de considerables dimensiones. Pero eso solo fue al principio porque años más tarde asomaron tres ventanales que anunciaron el carácter campanesco de aquella estructura. En cien años estuvo fuera toda una iglesia y con el paso de los años fueron apareciendo tejados, casas, árboles y finalmente un monasterio. Dicen que la luna se aleja de nosotros alrededor de unos cuatro centímetros por año. Pues bien. El pequeño pueblo de San Giulio continua emergiendo del lago a razón de una ventana por década y quién sabe, quizá en mil años lo que ahora nos parece una villa minúscula se convertirá en una gran ciudad. Aún es pronto para adivinarlo. Pero esta punta del iceberg que ahora vemos solo es promesa de algo mucho más grande que sigue durmiendo bajo las aguas.

Texto y fotografía: Jesús de la Iglesia (Ísola de San Giulio, Piemonte, Italia). 

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